Andrómeda de Almagro 🚀

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Grafiti en Almagro, Ciudad de Buenos Aires.

Yo también conocí al astronauta, íbamos al mismo curso en el secundario. Era inteligente y talentoso. En primer año todos pensábamos que iba a llegar muy lejos, pero la vida no es tan amable ni directa. Era el nuevo, todos los demás habíamos hecho la primaria juntos, pero él venía de una escuela en San Cristóbal, que para nosotros era algo exótico. San Cristóbal era como decir la India.

Creo que una vez fue al espacio, al menos eso decían en el barrio, y luego, allá por tercer año, se inclinó hacia las drogas y el alcohol.

El astronauta siempre estaba deambulando en trajes espaciales, aunque fuera verano, con la mirada perdida buscando el infinito. A menudo llegaba al colegio con sus redondos y enormes ojos demasiado aturdidos.

Llevaba un casco espacial y arriba del traje cósmico se ponía el guardapolvo. Se quedaba allí sentado, balanceándose hacia adelante y hacia atrás en la silla hasta que sonaba la campana del recreo.

Ya en quinto año todos sentíamos lástima por él, pero nadie parecía darse cuenta de que estaba atravesando una especie de crisis emocional. Éramos demasiado tímidos como para acercarnos a él, para preguntarle qué le pasaba.

Nadie se imaginó que, además de un problema de adicciones, estaba experimentando una completa falta de gravedad. Las ideas raras en su cabeza y los trajes espaciales habían hecho eso. En la Tierra, la gravedad mantiene cosas como la comida en el estómago y el aire en los pulmones. En el espacio no hay gravedad. En el espacio no hay aire. Y el astronauta tenía la cabeza en el espacio más tiempo que en la Tierra, todo aquello empezaba a no pesarle.

Entonces, mientras se balanceaba hacia adelante y hacia atrás, su traje espacial se volvía cada vez más severo. Eventualmente, las correas estaban tan apretadas que ya no pudo quitárselo, el traje se volvió parte de él.

Su conciencia empezó a caer, lentamente, a la atmósfera. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba siendo testigo de la historia humana. Una historia sobre supervivencia, sobre desear y avanzar o fracasar. Tenía enfrente a un hombre que comenzaba a morir junto a su sueño.

Pensé que solo tenía dos opciones: olvidar el sueño de volar o morir de asfixia con su pesado traje puesto.

Pero el astronauta había hecho otros planes, una tercera opción. Una mañana de julio lo vimos agarrar por Castro Barros y doblar en Belgrano. Además del traje, llevaba un voluminoso sistema de oxígeno colgando en la espalda. El pobre caminaba doblado. Sin decir una palabra, se subió a su cohete de papel maché, y envuelto en imponentes llamaradas entre tonos amarillos y anaranjados, enfiló para la Luna. No podíamos creer  lo que estábamos viendo. Dejó el barrio a una velocidad terminal de match tres, firme en su elevación e impecable en su azimut. Nunca miró hacia atrás.

Mi única opción fue mantenerme consciente, con los dos pies sobre la tierra, y así lo hice. Lo vi convertirse en un ínfimo punto dibujado en el azul. La historia humana pasó estruendosa frente a mis ojos. Y, como pude, seguí con mi vida.

Yo también conocí al astronauta, íbamos al mismo curso en el secundario. Era inteligente y talentoso. En primer año todos pensábamos que iba...


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