El último lunes

¡Tal terror que no puedo comprender! Todo está perversamente trastocado.

¿Qué le está pasando al mundo? Es demasiado para mí.

Desde hace 5 días, el último lunes precisamente, los espíritus ya no se esconden en cementerios ni en viejas casonas embrujadas, se arrastran libremente por la tierra. 

No puedo dormir. Dondequiera que miro los veo y ellos también me ven. Intento huir, pero no hay adónde ir.

¿Están en mi cabeza haciéndome alucinar? No puedo concentrarme en nada y no puedo pensar con claridad.

¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando?

Estoy tan asustado. ¿Por qué están ellos aquí? ¿Para qué vinieron? ¿Por qué no me dejan en paz?

Intento gritar pero no sale ningún sonido de mi boca. Intento correr pero estoy atascado.

Los espíritus me rodean. ¡Están cada vez más cerca!

¿Qué me han hecho? ¡Es demasiado para mí! Mi corazón está acelerado y siento que me voy a desmayar. Siento un dolor profundo en el pecho.

¿Qué está pasando? Parece como si mi pecho estuviera partido en dos. Quiero gritar pero no puedo. Estoy demasiado débil y el dolor es indescriptible.

Siento que me estoy muriendo pero de otra manera, es un sentimiento continuo que no culmina en paz ni desemboca en nada desconocido.

No hay más que espíritus alrededor y solo puedo encontrar una explicación: Hace cinco días, cinco días sin dormir, desde el último lunes precisamente; yo también me convertí en espíritu.

¡Tal terror que no puedo comprender! Todo está perversamente trastocado. ¿Qué le está pasando al mundo? Es demasiado para mí. Desde hace 5 d...

Concursar o no concursar

«Sin restricciones por nacionalidad o residencia», «para cualquier escritor del mundo», «abierto a cualquier persona que presente un texto en español», etc. Solemos encontrar declaraciones como estas en las bases de muchos concursos literarios, pero ¿realmente garantizan la participación de cualquier ser humano en una convocatoria?

Te mostramos cuál es la letra chica a la que debes prestar atención antes de enviar tu escrito a un concurso o certamen literario.

Antecedentes

Los que ya tenemos cierta experiencia participando en convocatorias literarias y acostumbramos leer sobrevolando a toda velocidad una importante cantidad de sus bases (aquí coleccionamos muchas), podremos recordar que hasta no hace tanto tiempo —un puñado de años atrás tal vez— leer la frase «sin restricciones»  en las condiciones de una convocatoria, específicamente en el apartado que se refiere a los participantes, significaba realmente que cualquiera podía enviar su obra y acceder libremente a la competencia, o sea, se respetaba el sentido literal de la cláusula.  Sin embargo, esa no es la situación hoy en día. El significado de «sin restricciones» se ha torcido un poco y ya veremos que en algunos casos la participación no es tan libre como debería ser.

La novedad

Entonces ¿qué fue lo que cambió? Se introdujo en muchísimos concursos una argucia leguleya que limita de hecho la participación en los concursos según el lugar de residencia de los escritores sin mencionar esta restricción abiertamente. Nos empezamos a encontrar cada vez más con condiciones como estas ocultas en lo profundo de las bases: «los ganadores deben estar presentes en el acto de premiación», «no asistir a la entrega de premios supone la renuncia a los mismos», «en caso de resultar seleccionados, los participantes se comprometen a estar presentes en la gala de premiación o a enviar un representante en su lugar», «la presencia en la premiación será obligatoria, excepto por razones de fuerza mayor», etc.

Las anteriores son algunas condiciones extraídas de las bases de concursos reales que supuestamente no imponen restricciones por nacionalidad o residencia a los concursantes. En principio vemos que hay matices, alguno que otro permite designar un representante, no pocos introducen este concepto de «fuerza mayor», supeditando al mismo la obligatoriedad de la asistencia. 

El resultado en todos los casos es invariablemente el siguiente: los participantes que no residan en un radio bastante corto de cercanía con los organizadores, quedan excluidos. Esto sucederá incluso en los concursos que introducen los matices que mencionamos previamente, porque serán muy pocos los participantes que puedan designar un representante en otro país y porque no está claro qué «razones de fuerza mayor» considerará válidas el jurado. En principio, vivir lejos y no poder viajar no parece una razón de fuerza mayor, parece una situación normal y perfectamente conocida antes de participar.

¿Por qué pasa esto ahora?

¿Se han puesto todos de acuerdo? La respuesta es que no pero sí. Yo creo que se dio un efecto de viralización de las bases. Me explico: Cuando una institución, una editorial o un particular quiere organizar un concurso literario, en muchos casos recurren a investigar y leer cómo están redactadas las bases de otros concursos. Por eso se suelen ver artículos que parecen directamente calcados en convocatorias que no tienen ninguna relación entre sí. Creo que este efecto de viralización lleva a que condiciones como la mencionada, que tanto gustan a los organizadores, se popularicen muy rápido. 

¿Y por qué puede ser que haya gustado tanto introducir esta restricción?

Se podrá argumentar que lo hacen para no tener un acto de premiación vacío, pero en tiempos de Zoom eso es muy relativo.

En realidad se hace porque queda muy bien decir que mi concurso es universal, abierto a todo el mundo, cuando en realidad lo que quiero es que solo participe gente de mi provincia o región, por la razón que fuera. Da mayor prestigio organizar un concurso internacional que uno local, pero también es más difícil y costoso (envío de diplomas o trofeos a la otra punta del mundo, coordinar transferencias internacionales, procesar una gran cantidad de obras que llegan de un número importante de países, etc.). 

Es innegable que la introducción de esta artimaña resulta muy útil entre aquellos organizadores que solo tienen capacidad para llevar adelante un concurso local, pero quieren que en los papeles parezca una convocatoria relevante de nivel internacional.

¿Dónde buscar?

En cuanto a la ubicación física en el reglamento de los concursos:

Las condiciones que se refieren a quiénes pueden participar, suelen estar bien al principio de las bases, en el punto uno o dos de las mismas. Allí podemos esperar leer «sin restricciones» o similar. 

Por el contrario, las condiciones de asistencia a actos y aceptación de los premios suelen estar al final de las bases, luego de definir cuál será el o los premios y la fecha de premiación. Por eso decimos que es la letra chica, porque queda bien oculta al final pero, sorprendentemente, sobreescribe o contradice al primer punto de las bases que es el más importante: el que se refiere a los participantes.

Las honrosas excepciones

Por supuesto que en muchísimos premios literarios la participación «sin restricciones» todavía significa exactamente eso. Son convocatorias internacionales realmente libres para todo el que quiera participar y garantizan que el o los premios estarán al alcance de todos.

Y por supuesto que también existen otros tantos concursos que destacan por su honestidad, reconociéndose desde un principio como convocatorias locales o nacionales y por tanto limitando la participación por motivos de nacionalidad o residencia. Así, derecho viejo, desde el vamos, sin vueltas ni condiciones veladas en el artículo dieciocho de las bases. Evitando esa argucia que insertada subrepticiamente al borde del final de los reglamentos, deja en los participantes un mal sabor de boca, una sensación de engaño y sobre todo causa una pérdida de tiempo perfectamente evitable.

«Sin restricciones por nacionalidad o residencia», «para cualquier escritor del mundo», «abierto a cualquier persona que presente un texto ...

Dragón púrpura

El sol vuelve a salir sobre el yermo relieve de Buenos Aires. Necesito decirles a todos que se preparen.

Rubinstein nos ayudará a teletransportarnos, al menos quiere intentarlo. Dice que su dispositivo está listo, lo llama Dragón púrpura.

Un científico loco podría ser la única chance que tengamos para ganar esta maldita guerra.

No estoy convencido de que sepa exactamente cómo funcionará, no ha probado el procedimiento antes, pero creo que tiene un plan.

También creo que será un calvario doloroso para todos nosotros.

Pasaremos el día ocultos y luego viajaremos por la noche para encontrarnos con Rubinstein, cuando ya esté todo preparado.

Encenderá el Dragón púrpura, y tal vez ese ingenio nos ayude a lograr lo imposible: viajar miles de kilómetros y llegar directamente al inexpugnable corazón del enemigo. Si todo resulta bien, la guerra podría terminar esta misma noche. Sólo el tiempo lo dirá.

Es una noche cerrada. No nos comunicamos por radio desde la masacre de San Cristóbal, aprendimos a seguir ciegamente los planes y los horarios pactados. Miro mi reloj, ya son las 3 a.m., así que empiezo a moverme. Todos deberían estar saliendo de sus escondites ahora mismo, en dirección al punto de reunión, el laboratorio de Rubinstein. 

No puedo ver a los drones, pero de vez en cuando los escucho; están ahí arriba, no hay dudas. Por eso usamos mantas térmicas y avanzamos lentamente entre los escombros, evitando las calles.

La caminata es extenuante, el punto de reunión está en una zona prácticamente inaccesible: Villa Devoto. Pero finalmente me estoy acercando al lugar, veo movimiento adelante. El negro y Ramón ya están aquí, llegaron primero. Nos recibe un tipo peludo, alto y de complexión robusta, se hace llamar Ancho. No es de nuestra unidad, lo mandan desde arriba, y trae la bomba H que tendremos que usar.

Esto no parece un laboratorio, solo son más ruinas. Leo las coordenadas de nuevo y las compruebo, estamos en el sitio correcto. El Ancho silba y señala hacia abajo. Debe haber percibido mis dudas. Es un laboratorio subterráneo.

El piso bajo mis pies se está moviendo, doy un paso al costado, una escotilla se abre. Es Rubinstein que asoma su calva cabeza y nos hace una seña para que entremos. Bajo las escaleras en primer lugar, el resto me sigue.

Miro a Rubinstein y le pregunto:

—¿La máquina ya está lista?

—¿Qué máquina? —responde.

No entiendo por qué se hace el misterioso, ¿acaso no sabe que ya conozco todos los detalles del plan? Debe pensar que soy un soldado más.

Avanzamos por el sótano. Veo seis esqueletos  a un costado, vuelvo a mirar a Rubinstein. Esta vez no le pregunto nada, pero lo observo de tal forma que se siente obligado a responder: «De alguna forma tenía que alimentarlo. Ya estaban muertos cuando los encontré».

Siento palpitaciones en mi pecho, creo que Rubinstein está completamente loco. Esta misión fue un disparate desde el primer día. ¿Teletransportación? ¿Cómo pudimos creer algo así? Es sorprendente lo que puede hacer la desesperación. La guerra está perdida.

Seguimos avanzando, doblamos en un largo pasillo. No puedo creer lo que veo al fondo, velado, entre penumbras. Me siento débil, debo estar pálido. No puede ser… ese fulgor… esa respiración…

Rubinstein pone una mano sobre mi hombro y mirándome directamente a los ojos dice: «Comandante: la teletransportación no es cuestión de ciencia, es dominio de la magia. Le presento al Dragón púrpura, lo he encontrado, es el último de su especie».



El sol vuelve a salir sobre el yermo relieve de Buenos Aires. Necesito decirles a todos que se preparen. Rubinstein nos ayudará a teletransp...


Miré a través de la ventana de la vieja casa, ella me vio y yo la vi; jadeó, se llevó las manos a la boca y dijo algo sobre los ruidos que seguramente molestarían a los vecinos de al lado. No recuerdo por qué nos distanciamos después del secundario.

Decidí bajar a la calle y fumar un cigarrillo. Necesitaba algo de tiempo a solas.

Me había olvidado de papá por un momento. Lo recordaba como un tipo de hombre inusual, por encima de la mayoría de los hombres. Él era diferente. Le gustaban los libros, como a mi madre. No sé por qué le gustaban tanto los libros. No había libros en la casa de Yapeyú, al menos yo no los recordaba.

Creo que a papá le gustaban los libros porque le mostraban cosas que no podía ver, esa misma curiosidad que me acompañó a mí toda la vida.

Encendí el cigarrillo y miré mi ropa, comenzaba a ponerse bastante desaliñada, un poco sepia y gastada.

De repente recordé que tenía que volver. Fue un recuerdo fuerte, un recuerdo muy fuerte.

Mi madre caminó por la calle para encontrarme. Ella no hizo un escándalo, simplemente me dijo que se estaba haciendo tarde, que me pusiera los zapatos, y me llevó a la escuela.

Estaba como en la cima de una montaña cuando la miré. Era más baja que yo, pero se veía muy alta esta vez. Tenía puesta una blusa y una bufanda blanca, y su rostro era muy joven.

Me miró con sus grandes y hermosos ojos marrones. Eran tan grandes y marrones. 

Le pregunté si podía quedarse conmigo en el aula, porque era el primer día de clases. Ella dijo que estaba bien. Se acercó a mí y me susurró al oído que si iba a clase, se sentaría conmigo un rato.

Pero más tarde la maestra se opuso: «No podés hacer eso». Estaba en problemas, por supuesto. Como siempre. Siempre había una prohibición o un pero.

Todas estas fantasmagóricas memorias vi durante unos segundos a través de la vieja ventana y me alegré mucho por el pasado, y por el hecho de que ya no tenía que volver a la escuela nunca jamás.


Miré a través de la ventana de la vieja casa, ella me vio y yo la vi; jadeó, se llevó las manos a la boca y dijo algo sobre los ruidos que s...

Las constelaciones

No soy una fecha de nacimiento. No soy una carrera ni un trabajo. 

No soy aquello por lo que vivo, ni el lugar donde dejaré los huesos.

No soy las ideas en el manifiesto de un viejo: No pudieron decirme por qué morir, no seré el fantasma de nadie.

Tampoco pudieron decirme por qué vivir. Solo me retuvo la fuerza de un pensamiento, poderoso, pero tan mínimo como el último aliento de una mosca.

Tezcatlipoca descubrió a An, el sumerio, reflejado en su pie humeante y se encontró mintiendo las mismas mentiras a los hombres.

Las constelaciones no son las constelaciones, solo son luz sobre mi cabeza.

Soy un zorro, un lobo, un pájaro; nunca humano del todo.

No tengo ojos para ver la claridad, ni oídos para oír la voz. No siento la carne de mis propias manos.

Soy un pulso, un pensamiento; una canción cantada en el vacío.

Un signo de vida solitario en un planeta yermo.

No soy consciente de que existo. Pensé que lo era, pero no.

Así que lo seguí. Seguí el pulso, eso que aún no sabía que era yo. Lo seguí y me trajo hasta aquí.

A un tiempo que no es mi tiempo en un mundo que no es mi mundo.


No soy una fecha de nacimiento. No soy una carrera ni un trabajo.  No soy aquello por lo que vivo, ni el lugar donde dejaré los huesos. No s...

El milagro

Era solo un perro que hablaba, un milagro increíble. Pero luego la historia creció para abarcar a Antonia, la niña que podía hablar con él. A pesar de que su familia etiquetó al perro como un «animal extraño», ella decidió que su nombre fuera Bruno y que el destino quería que el perro y ella estuvieran juntos para siempre.

Mi libro, Bruno, está en el estante. Realmente creo que es muy bueno.

El perro estaba en peligro de convertirse en alimento para los lobos o de ser atropellado en la ruta que cruza el bosque. La niña lo acogió en su casa luego de verlo en uno de sus paseos y eso le salvó la vida.

Antonia recibió unos cuantos retos de sus padres, porque Bruno tenía la mala costumbre de comer de la basura. Hacía esto a pesar de tener su plato lleno de comida. Era una de las manías que le habían quedado por su pasado salvaje.

El perro también tenía la manía de contestar mal, eso era lo que más molestaba a los padres de Antonia. Cuando digo que Bruno hablaba, me refiero a que hablaba en serio, no como esos perros que salen en videos de internet y parece que dicen mamá. Bruno te decía lo que estaba pensando, porque además era un perro muy directo.

Y yo necesitaba dinero. Vi en Bruno la posibilidad de darle un giro a mi vida. Dios o la naturaleza me habían dado una mano increíble, me habían presentado a este milagro inexplicable para que pudiera escribir un libro fuera de serie, la palabra bestseller no alcanzaría para definirlo.

Me quedé todo un verano viviendo con Bruno, Antonia y sus padres, captando toda esa milagrosa cotidianidad al más mínimo detalle, anotando todo. Siempre pensando en el libro. 

Era agradable hablar con Bruno porque no tenía opiniones fuertes sobre política. Tampoco tenía la costumbre de interrumpir, a diferencia de tantas personas.

Bruno estaba lleno de secretos. Secretos de una vida pasada siendo vagabundo. Creo que las duras condiciones de vida y todo lo que sufrió fue lo que en última instancia lo obligó a hablar, tal vez para desahogarse un día que no tocó comer, tal vez para gritar fuerte una noche de tormenta o quizás para pedir ayuda a los autos que pasaban. Pero son conjeturas mías, a Bruno no le gusta mucho hablar sobre lo que pasó en esos tres largos años a la intemperie.

Bruno no se parecía a ningún perro que Antonia hubiera conocido, estaba bastante intrigada por esta nueva criatura. Ella pronto descubrió que a él le encanta el pescado y el chocolate, le gusta mucho escuchar la radio o que le leyeran historias y era difícil encontrar un lugar donde no la pasara bien.

Me atrapó desde el principio la idea de usar a Bruno como personaje en un libro, usar un perro en lugar de un humano para explicar el punto de la historia. 

Tal vez ese sea el mayor problema que tuve: si vas a usar un perro en lugar de una persona en un libro, creo que realmente necesitás que sea una historia mucho más memorable o lo suficientemente significativa para que la gente se pueda poner en el lugar de ese protagonista no humano y la recuerde, entonces todos hablarán sobre ella, comprarán el libro y preguntarán por la secuela.

A pesar de ser el relato fiel de tan increíble suceso, el público juzgó que la historia de Bruno no era lo suficientemente memorable. Hasta cierto punto los entiendo, en definitiva, en todas las caricaturas hay un perro que habla. Mi libro quedó catalogado como infantil y luego de una corta vida útil de la primera edición, fue rápidamente desterrado a los estantes más inhóspitos de las librerías de saldo. Con mi carrera sucedió algo similar.

Hay cosas que no pueden ser salvadas ni por un milagro.


Era solo un perro que hablaba, un milagro increíble. Pero luego la historia creció para abarcar a Antonia, la niña que podía hablar con él. ...