El escritor que cazaba fantasmas

Te sentás solo frente a la hoja y empezás a convocar voces que no tienen cuerpo. Les ponés nombre, les abrís una herida y los hacés deambular por calles que vos mismo pavimentaste con palabras. Y, cuando menos lo esperás, ellos se ponen a caminar solos.
El problema no está en invocarlos. El problema es que, después, no se van.
Te levantan a las tres de la madrugada para decirte que ese diálogo no les gusta. Se sientan a la mesa mientras desayunás y te exigen un final más pulido. A veces, cuando llevás meses sin escribir, los sentís rondando los pasillos de tu casa, desorientados, preguntándose por qué los abandonaste.
Los escritores noveles piensan que el oficio consiste en dominar la técnica. Los veteranos saben que se trata de aprender a convivir con los fantasmas.
Por eso hay libros que se hacen en tres meses y otros que tardan diez años. No porque sean más difíciles, sino porque el fantasma que los habita es terco. Se niega a salir hasta que encuentra la puerta exacta.
Y cuando al fin la halla, cuando entregás el manuscrito y ves la tapa impresa, se instala un instante de silencio absoluto.
La casa queda vacía.
Ese vacío, te advierto, es peor que la compañía. Porque durante meses viviste con alguien que solo existía en tu cabeza, y ahora ese alguien se mudó a la cabeza de los demás. Vos quedás solo con la rutina, el ruido del mundo, la página en blanco otra vez.
Y entonces, como un tonto, volvés a empezar. Cerrás los ojos. Escuchás. Esperás que un nuevo fantasma decida habitarte..

Antemeridiano
El Biógrafo
Historias y mitos de barrios de Bs.As.
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