El hierro y el día terminan en el mismo punto

El atardecer se cuela entre los edificios hasta la vieja estación de Caballito, tiñendo los rieles de un rojo metálico que parece derretirse en el horizonte. Desde el andén, la vía del Sarmiento se extiende como una aguja de plata que desaparece en la distancia; allí, donde el cielo y el acero se encuentran, el sol se funde con los rieles y crea un punto de fuga que, para los que aman las palabras, es tan tentador como un verso sin rima.
Yo, Joaquín Arrieta, escritor de crónicas que aún no encuentran su público, había llegado con una mochila, un cuaderno de tapas gastadas y la esperanza de atrapar esa luz en una frase. El bloqueo que me perseguía llevaba meses y no me permitía terminar mi más reciente intento de historia. La única pista que había encontrado en mi hoja de ruta creativa era «buscar el punto de fuga». Me senté en el banco de madera, dejé que la bocina distante del tren marcara el ritmo de mis pensamientos, y abrí el cuaderno en el final de la historia inconclusa.
—¿Te molesta el ruido? —me preguntó una voz grave y, al mismo tiempo, suavemente afinada con el eco del andén.
Al girar, vi a un hombre de unos setenta años, de cabello canoso recogido en una coleta desordenada, con una boina que parecía haber visto más amaneceres que la misma estación. Llevaba bajo el brazo un fajo de papeles amarillentos, atados con un piolín de caja de pizza. Era evidente que el hombre llevaba la literatura a cuestas, como si fuera su equipaje de mano.
—Soy Eulalio, corrección de textos en la editorial del barrio hace cincuenta años —dijo, ofreciendo una sonrisa que mostraba los surcos de una vida escrita a mano—. Hoy me dedico a coleccionar trenes perdidos.
—¿Trenes perdidos? —repetí, intrigado.
—Exacto. Cada tren que parte sin destino es una historia que nunca llegó a su estación final. Y cada estación es un punto de vista, una coma, una pausa que el lector debe sentir. —Se sentó junto a mí, dejó su fajo de papeles sobre la banca y sacó una hoja doblada en cuatro partes—. ¿Te gustaría escuchar una?
Asentí. Eulalio desdobló aquella maltratada hoja y, con voz pausada, comenzó a leer:
«El último tren de Caballito nunca llegó.María había dejado una carta sobre el banco, el mismo donde hoy se sienta el escritor que la lee.El sobre estaba impregnado del perfume de la lluvia de agosto, y la tinta, temblorosa, decía: "Si no te encuentro al bajar del tren, buscaré en los rieles el camino de regreso".El tren se alejó, pero el sol, que ya había besado la vía, quedó atrapado en la curva del acero.Al cabo de un año; la carta se había convertido en una hoja seca que el viento recogió y depositó, por casualidad, sobre el cuaderno de un escritor que busca la última frase.»
Cuando terminó, el silencio se hizo tan denso como la niebla que a veces cubre la ciudad. Entonces, sin perder la mirada en la vía que se desvanecía, Eulalio continuó:
—¿Ves? La historia no necesita que el tren llegue a su destino; lo que importa es el punto donde el sol se encuentra con la vía. Ese es el punto de fuga de cualquier narración: la intersección entre lo que vemos y lo que imaginamos.
Me quedé pensando en la carta de María, en la hoja que el viento o Eulalio había llevado hasta mi cuaderno. Mi bloqueo, en aquel instante, empezó a desvanecerse como la luz del día al caer la noche. Entendí que mi personaje —el escritor que busca la última frase— no era otro que yo mismo, y que mi amor perdido, aquel que había dejado una nota en la misma banca años atrás, había quedado enterrado bajo la capa de polvo de los recuerdos.
El tren, que hasta entonces solo había sido un eco de metal, comenzó a acercarse. Cada rueda que crujía sobre los rieles marcaba un compás, como una puntuación que separa oraciones. El bocinazo que surgió de la máquina se oyó como un signo exclamación cerrándose.
—Escucha —dijo Eulalio, levantándose—. El tren no solo parte; también te devuelve lo que dejaste en la vía.
Miré el horizonte: el sol se estaba fundiendo con la vía, creando una línea luminosa que parecía dibujar una barra diagonal sobre la hoja en blanco de mi cuaderno. Con la mano temblorosa, empecé a escribir, pero esta vez sin la presión de crear una obra completa, sino como quien sigue el rastro de un tren perdido.
«El sol se encontró con la vía, y el tren, con su estruendo, dejó una última coma en el aire. Yo, que había perdido el amor en esa misma banca, comprendí que cada despedida es una pausa que invita a la próxima frase; que el punto de fuga no es el punto final, sino el lugar donde la luz vuelve a iluminar el camino que aún queda por escribir.»
Al cerrar el cuaderno, el tren se alejó, disipándose en la penumbra. La luz del sol, ahora casi oculta, quedó reflejada en los rieles como una promesa silenciosa de retorno.
Eulalio se despidió con un gesto de la mano, como quien entrega la batuta a otro director de orquesta.
Yo me quedé mirando la vía, recordando que cada historia tiene su propio horario, que los lectores son pasajeros y los escritores, los maquinistas. La estación de Caballito, con su punto de fuga donde el sol y los rieles se funden, me había regalado la lección que todo escritor busca: la capacidad de unir el punto de partida y el punto de llegada en una única línea de hierro que guía al lector a través del viaje.
Mientras el último rayo del día se extinguía, y estando ya a punto de escribir el final de mi historia, anoté una última reflexión en el margen de la hoja:
«El hierro, el día y mi historia terminan en el mismo punto.»





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