La teoría de las cartas perdidas

Copiar referencia APA San Telmo, Cdad. Autónoma de Buenos Aires, Argentina

La teoría de las cartas perdidas

En la esquina gastada, frente al Bar El Rescoldo —que bendice a sus parroquianos con sacros vinos— se alza el clásico buzón rojo, guardián silente de los susurros de la ciudad. Hoy, la tapa del buzón rechina como una puerta a otro tiempo. Cada sobre que descansó en su interior llevó más que papel: cargó dentro de su vientre de celulosa un latido de vida.

—Con este smart device enviábamos emails hace algunos años —bromeó Anselmo, una de las almas perdidas de El Rescoldo.

Dicen los viejos de San Telmo que el buzón es un portal de amor. Cuando una carta de pasión se introduce en su hueco justo antes de la medianoche, la tinta se vuelve vapor y se eleva, cruzando la oscuridad del olvido como una luciérnaga. La carta no llega solo al destinatario o a la destinataria, sino también al recuerdo de quien la escribió, y ambos pueden leerse simultáneamente, aunque estén separados por décadas y vidas. Así, la carta perdida de una joven de 1943 que nunca vio responder a su amado en el barrio de Palermo, se abre una vez más en 2026, encontrada causalmente por la mano temblorosa de una nieta que, sin saberlo, está permitiendo a los protagonistas transitar nuevamente una ruta de pasión equidistante con el infinito.

Cuenta la leyenda que el rojo del buzón se vuelve incandescente cuando cumple su promesa; una ligera vibración recorre el metal y, en el silencio de la noche porteña, se oye el susurro de dos voces que se encuentran una vez más en la misma hoja. Es la prueba de que, aunque la tecnología cambie y los bits reemplacen al papel, el amor escrito conserva una magia difícil de apagar. Cada carta que se deposita en el viejo buzón es una llave que abre una ventana al pasado y al futuro, recordándonos que el verdadero mensaje siempre ha viajado en el latido del corazón.

En la esquina gastada, frente al Bar El Rescoldo —que bendice a sus parroquianos con sacros vinos— se alza el clásico buzón rojo, guardián s...

Este texto existe porque alguien, alguna vez, invitó un café.

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