La ventana equivocada

Noelia vivía en un edificio de los años treinta del barrio de Palermo, en el tercer piso. Tenía una ventana que daba a la calle y otra mirando al patio interno donde se refugiaban los pinos que los vecinos habían plantado hacía décadas. Cada noche, cuando el traqueteo de los colectivos que pasaban por la avenida General Las Heras se apagaba y el ruidaje del día se volvía un susurro, Noelia se acomodaba en su sillón, con un mate amargo medio tibio, como le gustaba, y miraba hacia la pared del edificio contiguo, donde la luz de una lámpara temblorosa dibujaba una silueta constante.
Allí, justo al otro lado de la persiana, un hombre estaba sentado frente a su propia ventana. Nunca lo había visto de día; su presencia era nocturna, como una sombra que necesitaba la penumbra para cobrar forma. La mano del hombre se movía con la precisión de quien escribe sin detenerse, el trazo de su bolígrafo era un susurro en el papel que no se veía. Noelia no sabía qué hacía allí, pero el hábito de observarlo se volvió parte de su rutina, como la página de un libro que se lee y se pasa sin comprender.
Una noche, la corriente de aire que entraba por la ventana hizo que la hoja de papel del hombre volara ligeramente. Fue entonces cuando él levantó la vista. Sus ojos, que hasta entonces habían estado siempre fijos en la página, se cruzaron con los de Noelia. Un leve gesto surgió de sus labios: una sonrisa, tan breve como el eco. Noelia sintió que el corazón le daba un salto y, sin saber por qué, el miedo la invadió. Como si esa mirada hubiera abierto una puerta que nunca debió cruzarse, cerró de golpe la persiana, dejando la habitación sumida en la penumbra.
Se quedó un momento allí, inmóvil en silencio y a oscuras. Noelia miraba la persiana, escuchando su leve crujido mientras terminaba de bajar lentamente. Se preguntó quién sería aquel hombre y por qué su mirada había sido tan intrusiva. La curiosidad, esa que a veces se disfraza de temor, la mantuvo despierta hasta la madrugada.
A la mañana siguiente, cuando bajó al buzón para sacar el correo, encontró una hoja de papel doblada entre los folletos de pizzería. No tenía sobre, ni remitente. Era una hoja manuscrita en una tinta ligeramente corrida, como si hubiese sido escrita a las apuradas. En el centro, con una letra cuasi médica, apenas comprensible, estaba escrito:
"Capítulo 27: Ella cierra la persiana. Él deja de escribir para siempre."
Noelia quedó allí, con la hoja temblando entre sus dedos, escuchando el eco lejano de los pasos de los vecinos en la calle. No había ninguna firma, ningún nombre. En el aire quedó la sensación de que, en alguna parte del edificio contiguo, el silencio había reemplazado a la tinta. La historia quedó trunca, sólo esa frase, tan corta y a la vez tan densa, que imponía el más duro final cerrado a una historia que ella jamás había leído.

Antemeridiano
El Biógrafo
Historias y mitos de barrios de Bs.As.
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