Cuando la editorial dice «no»

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Cuando la editorial dice «no»

Siempre dije que la mala suerte me acompañaba. Con mi último libro de cuentos la cosa se volvió exageradamente literal. Lo mandé a trece editoriales y, una tras otra, me contestaron con el típico “el catálogo está cerrado hasta el año que viene” —y era enero—. Sin opciones, lo imprimí en casa, para verlo en cuerpo, porque en alma ya lo conocía. Salí a desayunar y lo dejé abierto sobre la mesa del café de siempre, mientras atendía otros asuntos al sanitario.

Al volver, el mozo había usado la portada como servilleta para limpiar una jarra. Un cliente la agarró, la miró de reojo y, creyendo que era una carta de tapas, pidió una “Revuelto de recuerdos” y una “Ensalada de ausencias”, tal cual como los títulos de mis cuentos. El mozo, ni lerdo ni perezoso, le procuró unos manjares acordes. 

No tardó en correrse la voz y la gente empezó a ir al bar a degustar aquellos platos imaginarios.

—¿Te parece imprimir este libro como un menú literario? —me propuso la dueña del bar.

Yo, que nunca pensé en la gastronomía, acepté. Ahora mi libro está en la pizarra de la entrada, bajo el título Cuentos para desayunar.

No publiqué el libro, pero me regalan un café cada mañana y una cadena de reseñas que valen más que cualquier contrato editorial. Ahora mi único bestseller es el espresso que lleva mi nombre, y los clientes lo piden diciendo: “Un Martín doble, por favor”.

Al final, la mala suerte dejó una buena propina.

Siempre dije que la mala suerte me acompañaba. Con mi último libro de cuentos la cosa se volvió exageradamente literal. Lo mandé a trece edi...

Este proyecto existe porque alguien, alguna vez, invitó un café.

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