El desfile 🎪

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Grafiti en Almagro, Ciudad de Buenos Aires.


Era otra época, la época del circo. Ya se habían hecho las doce de la noche y el primer espectáculo debía tener lugar al día siguiente. La caravana de carromatos y remolques recién llegaba a la ciudad, tenían mucho que preparar para la presentación, pero no había tiempo para descansar. La tradición era entrar a cada nuevo pueblo o localidad con un desfile imponente. Así había sido publicitado y el público estaba expectante.

Todos los ciudadanos se agolpaban en la avenida principal. La mayoría, sobre todo los niños, estaban allí para ver pasar al elefante. Entre tanto amontonamiento había algunos oficiales de policía y varios reporteros de los periódicos locales. También estaba Artemio, «la voz del país», transmitiendo en vivo para la radio local. De repente, y ante el asombro del gentío, un elefante muerto de miedo con un sombrero amarillo muy ridículo apareció en medio de la ciudad. Se movía espantado por la avenida, parándose en dos patas y ocasionalmente rociando agua con la trompa sobre la multitud. Dos payasos se encargaban de proveer el agua desde un barril montado en un carromato.

Todo el resto del circo siguió al elefante en caravana por la avenida. Fue un gran desfile. Artemio lo relataba como si fuera el clásico del domingo, poniendo el corazón en cada palabra; bien típico de Artemio. Después de que el mastodonte recorrió un par de cuadras, aturdido por las risas y los flashes, el dueño del circo trepó a su lomo.

El dueño gritó órdenes, obligando a los payasos a bailar. Una tropilla de coloridos bufones saltimbanquis empezó a danzar frente al ya aturdido elefante. El brillo debió haber sido demasiado, ya que el mastodonte se detuvo en seco, parecía aterrado. Los niños pensaron que el desfile había terminado y empezaron a bajar de los hombros de sus padres. La gente empezaba a dispersarse.

«¡Esperen! Aún no hemos terminado nuestro gran show», dijo el dueño del circo, quien tomó cartas en el asunto y no escatimó latigazos para con el pasmado paquidermo. La multitud aplaudió cuando el mastodonte por fin siguió su camino. El dueño del circo se paró sobre el lomo del elefante, como para inyectarle vigor al espectáculo.

Al cabo de un trecho, unos niños le arrojaron pochoclo al elefante y este se detuvo nuevamente. Miró a la multitud con sus grandes ojos tristes. Luego negó con la cabeza. La muchedumbre aplaudió y el dueño del circo soltó una carcajada. Luego animó a los chicos del gentío a tirarle cosas al pobre animal.

Llovió sobre él mucho más pochoclo, confites y todo lo que tenían a la mano los pequeños rufianes, haciendo que el elefante gritara y se agitara. Un niño le arrojó una botella de gaseosa, lo que hizo que el mastodonte saltara y se sacudiera violentamente. 

«¡Bueno, todos, manténganse alejados del elefante!», gritó el dueño del circo, antes de que la situación se saliera de control. Ya era tarde, así que puso una red gigante sobre el mastodonte, lo que lo hizo gritar de nuevo. Luego lo tomó por la trompa y lo guio hasta el remolque de transporte, donde lo encerró.

Artemio, «la voz del país», cerró la noche con una frase memorable de esas que lo caracterizaban: «Dicen que los elefantes nunca olvidan la casa que dejaron, pero si no saben el camino de regreso, ¿cómo la encuentran? Caminar es la única manera».

Pero el desventurado paquidermo no tenía la voluntad como para caminar, simplemente se echó de lado en el remolque. Fue una triste bienvenida a la ciudad. Recordó las flores y las espinas de su hogar. La urbe solo le deparaba cemento, asfalto y caras hostiles. Se lo veía abatido. Es que la ciudad suele tener ese efecto; y la noche que el elefante entró en la ciudad, la ciudad también entró en el elefante.


📷 Grafiti en Almagro, CABA.

Era otra época, la época del circo. Ya se habían hecho las doce de la noche y el primer espectáculo debía tener lugar al día siguiente. La c...


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