El momento en que el mundo contiene la respiración

Javier E.G. Andújar diciembre 16, 2025 8 comentarios

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conticinio

Hay palabras que no se usan, sino que se custodian. El conticinio es una de ellas. No es un término, es un rito fonético que invoca lo innombrable: ese instante de la noche en el que todo calla, cuando el mundo parece contener la respiración. La palabra misma lo dice: viene del latín conticinium, que a su vez se deriva de conticescere: “enmudecer”. No es la noche bulliciosa, ni el alba que se anuncia; es el medio exacto, la pausa entre dos respiros.

En la llanura abierta, el conticinio adquiere una dimensión propia. No es solo silencio, sino una cualidad más del espacio. Es cuando el viento se aquieta y la tierra, aún caliente del día, exhala un último suspiro. Es la hora en que el río deja de golpear la orilla para convertirse en un espejo negro, inmóvil, donde las luces de la ciudad se clavan como estrellas fallidas. En ese momento, uno podría creer que el universo se detiene a escuchar su propio latido.

Pero el conticinio no es paz. Quien haya caminado solo a esa hora sabe que es un silencio activo, cargado de presencia. Es cuando los fantasmas interiores se atreven a salir, cuando las preguntas que el griterío ahuyenta se ponen de pie y exigen respuesta. En ese intervalo, el alma puede sentir el peso de su propia infinitud, o la sombra de un pasado que no termina de irse. El conticinio es el reino de la introspección, el territorio del que ha dejado de huir de sí mismo. Es, en definitiva, un gran momento para escribir.

Hoy, en ciudades que nunca duermen, el conticinio parece extinguido. Lo hemos llenado de ruido artificial, de pantallas que brillan en la oscuridad, de una prisa que no conoce tregua. Perder esa palabra es perder más que un vocablo; es olvidar que hay un ritmo natural en el caos, un descanso necesario para el oído y el alma. Es renunciar a ese momento en que, al callar el mundo, podemos oír por fin lo que llevamos dentro.

Guardo la palabra como se guarda una llave antigua. No sé si alguna puerta abrirá todavía, pero su peso en el bolsillo del lenguaje me recuerda que hubo, y tal vez aún haya, un espacio para el silencio colectivo. Un instante en el que todo se suspende, y el hombre, a solas con su sombra, puede sentir el vértigo de ser parte de algo más vasto y callado que él mismo.

El conticinio es, después de todo, solo un refugio lingüístico. Un lugar al que podemos volver, aunque solo sea pronunciando su nombre, para recordar que en el centro del torbellino siempre existe un ojo quieto, un punto mudo desde el cual observar el desplome de las horas.

Hay palabras que no se usan, sino que se custodian. El conticinio es una de ellas. No es un término, es un rito fonético que invoca lo innom...

Este texto existe porque alguien, alguna vez, invitó un café.

8 comentarios:

  1. Este texto vale muchísimo más que un simple café es un texto para leer con calma y reflexionar. Hermoso, muchísimas gracias

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    1. ¡Muchísimas gracias por tu comentario y por el café! Me alegra enormemente que el texto te haya invitado a la reflexión.

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  2. Para los que, a pesar de éxitos y fracasos (más de esto último), continuamos escribiendo, tu texto profundo, con contenido, nos invita, como dices, a la reflexión. ¡Gracias Javier, y feliz Navidad!

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    1. Gracias por tu comentario. Me da mucho gusto saber que el texto te llegó y te hizo reflexionar, especialmente viniendo de alguien que también escribe. Te mando un abrazo fuerte y te deseo una muy feliz Navidad.

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